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Una de las películas más terroríficas de la historia del cine es “El exorcista”, estrenada en 1973. En ella se cuenta la posesión diabólica de Regan McNeill, una niña de doce años, y los exorcismos a los que fue sometida para intentar liberarla.

Una de las escenas más impresionantes de ésta y otras películas que cuentan exorcismos, como la reciente e interesante “El Rito”, es la reacción de los endemoniados ante las palabras y los signos sagrados, como el agua bendita o la cruz. Los poseídos por el demonio, solamente con ver la cruz, escuchar el Padrenuestro o ser mojados con agua bendita, entran en un estado de nerviosismo total, profiriendo todo tipo de gritos y obscenidades.

Recientemente hemos visto algunas interesantes escenas reales o supuestas de posesión diabólica. Sucedieron la semana pasada en las cortes valencianas. El presidente de la institución, Juan Cotino, de firmes convicciones católicas, decidió no dejar ese día su fe en casa sino llevarla al lugar de trabajo, y colocar una pequeña cruz, la que preside su lugar de trabajo habitual, en la mesa de la Cortes.

¡Maldita la hora! No hubiera pasado nada si el señor Cotino hubiera colocado un ajo, una herradura o cualquier otro tipo de talismán o amuleto sobre la mesa. Tampoco nadie puso el grito en el cielo porque flanqueando al señor Cotino estuviese, por un lado, como informa el diario El Mundo, Fran Ferri, diputado de Compromís, de 26 años, y conocido activista en favor de los derechos de los homosexuales, y por el otro, Esther López, de Izquierda Unida, exhibiendo una flamante camiseta con los colores de la bandera republicana.

La cruz del señor Cotino fue colocada únicamente para jurar el cargo, junto a la Constitución y un ejemplar del Estatuto de Autonomía Valenciana. Pues bien, esta pequeña e inofensiva cruz ha provocado todo tipo de sarpullidos, alergias, irritaciones, cefaleas, mareos y vómitos entre algunas de sus señorías, como podemos ver en el video a continuación:

Marga Sanz, portavoz de Izquierda Unida, aseguró que es  “increíble” que en un Estado, “que se define como aconfesional“, un crucifijo haya presidido el acto de constitución de les Corts de Valencia. “Ese símbolo tiene que desaparecer de la Mesa de las Cortes Valencianas por respeto a los valencianos, a nuestra Constitución y nuestro estatuto“.

Por su parte, el representante de Compromís, Enric Morera, dijo que los diputados de su grupo se sintieron “muy incómodos” porque los símbolos religiosos “no deberían estar en las instituciones“. Fue una diputada del PSOE, Carmen Ninet, quien fotografió con su móvil la cruz, la colgó en su página de Facebook y convirtió el hecho en noticia.

¿Por qué algunos políticos reaccionan como endemoniados ante los signos religiosos en el espacio público?

Después de la Revolución Francesa y de la Ilustración, se extendió la idea de que las creencias religiosas y sus manifestaciones públicas eran algo así como “gérmenes” o “virus” nocivos que perjudicaban la convivencia pacífica entre las personas y eran fuente de intolerancia y división. Una sociedad “moderna” e “inclusiva” debía eliminar estos gérmenes para poder crear un espacio verdaderamente laico, en el que todas las creencias, opiniones y modos de vida tuviesen cabida. Esta manera tramposa de entender la pluralidad nace, a su vez, de la idea filosófica de que religión y cristianismo son sinónimo de fanatismo, ignorancia y atraso.

A partir de estas premisas, la conclusión es clara: la religión debe limitarse al ámbito estrictamente privado, o lo que es lo mismo, debe desaparecer del ámbito público. Como si de un virus dañino se tratase, el Estado debe aplicar la ‘lejía’ de la laicidad que elimine del espacio neutral de convivencia los signos visibles de esta ‘enfermedad’. A lo sumo, tolerará que algunos ciudadanos continúen creyendo y manifestando en las iglesias y privadamente sus creencias. ¡Menos mal que el Estado laico es tolerante y plural!

Ante este planteamiento totalitario de la laicidad (que se viene aplicando desde el Gobierno durante los últimos 7 años), que considera, sin decirlo, a la religión como algo negativo a eliminar, se ha enfrentado, con un par, el señor Cotino, para decir bien alto que los cristianos y las manifestaciones públicas de nuestra fe no somos virus, no perjudicamos a nadie y tenemos también cabida en la sociedad democrática.

De momento, a sus señorías valencianas a quienes produce el crucifijo espasmos, gritos y todo tipo de manifestaciones diabólicas, puedo recomendarles un excelente exorcista que conozco.

Ha sucedido en Inglaterra, pero podría haber sucedido en cualquier rincón de una Europa asolada cada vez más por el laicismo intolerante y el relativismo cultural. El protagonista de esta historia ha sido Colin Atkinson, feligrés de una iglesia pentecostal y electricista de 63 años que trabaja para para la Wakefield and District Housing (WDH), una agencia de alquiler financiada con fondos públicos en Gran Bretaña.

Los hechos tuvieron lugar en los días de la Semana Santa y ha sido provocado por un pequeño objeto religioso realizado por el propio Colin con hojas de palma. El señor Atkinson ha sido sometido a un expediente disciplinar y corre el riesgo de quedar en el paro por haber tenido la osadía de exhibir en la furgoneta una cruz hecha con hojas de palma de una dimensión no mayor de 20cm.

La WDH tiene una política empresarial totalmente orientada a lo políticamente correcto: desde la adhesión incondicional a los temas ecológicos y las campañas anti-discriminación, hasta “abrazar todo tipo de diversidad, reconociendo los múltiples beneficios que conlleva“, como podemos leer en su página web. Desgraciadamente, este populismo vale sólo para los gays y no para los trabajadores cristianos como Colin Atkinson. De hecho, para los directivos de la WDH el pobre electricista ha tenido la osadía de violar la férrea politica empresarial marcada por la neutralidad en relación con las opiniones y convicciones personales de los dependientes. No importa que Denis Doddy, el jefe de Atkinson, exhiba en su oficina un gran póster del Che Guevara, los dependientes musulmanes muestren versos del Corán sobre el salpicadero del coche de la empresa y las mujeres musulmanas vistan el burka durante el horario de trabajo.

Todo empezó quince meses atrás cuando uno de los capataces le dijo que quitara el crucifijo de la furgoneta. Atkinson quiso saber en base a qué reglamento interno emitía esa orden, pues en 14 años nunca tuvo problemas. Se descubrió que, en efecto, no había ningún reglamento, y que nadie había dicho nada ante los símbolos expuestos por sus compañeros musulmanes o sikhs, ni tan siquiera ante el póster del Ché Guevara exhibido en el despacho de su jefe.

Jayne O’Connell, una directiva encargada de Igualdad en la empresa, se ha justificado diciendo: “La WDH adopta una política de neutralidad absoluta. Hoy día existen distintas creencias y nuevas culturas emergentes. Por eso es preciso respetar todas las opiniones religiosas“.

Lo que la señora O’Connell desconoce es que los musulmanes, sikh e hindúes no se sienten ofendidos por el comportamiento del electricista cristiano, sino que, por el contrario, han expresado su plena solidaridad con él. Ghayasuddin Siddiqui, exponente del Instituto Musulmán, después de asegurar que no ve nada de malo en el hecho de que un cristiano exponga un símbolo de su propia fe, ha invitado a ser más respetuosos con los sentimientos religiosos ajenos. Iranjan Vakhaira, presidente dell’Hindu Charitable Trust de Leeds, ha sido más tajante: “La cruz no ofende a nadie, así que los jefes se han equivocado de un modo evidente”.  Un portavoz del Sikh Education Council ha insistido: “Los sikhs creemos en la libertad de expresión y de opinión, cuando se ejercen con respeto“. Y puesto que el señor Atkinsons ha expresado su fe “con respeto y sin ofender a nadie“, los sikh le han prestado su total apoyo y solidaridad.

Como asegura Diego Contreras en su blog “La Iglesia en la prensa“, a estas alturas parece un dato comprobado que las polémicas en Europa sobre la exposición pública de símbolos religiosos cristianos no las promueven los seguidores de otras religiones sino los militantes de corrientes ideológicas que postulan, como si fuera un credo religioso, la desaparición de esos símbolos de la esfera pública. Así pues, son gentes que pretenden imponer a todos su propia visión, que consiste no en el pluralismo de símbolos, sino en la supresión de símbolos.

Como respuesta, la empresa emitió una nueva regla: todos los símbolos personales deben ser quitados de las camionetas. Con lo que no contaba la empresa fue con la reacción popular: Atkinson fue invitado a muchos programas de televisión y en algunos sondeos realizados en directo el 100 % del público votó a su favor. Se demostró que no era ningún fanático ni anti nada. “Nadie se quejó nunca, ni mis colegas ni mis clientes”. Atkinson fue víctima de un ataque de “corrección política” que sufrió su capataz, y los otros jefes. Al final, como buenos británicos, supieron recobrar el sentido común. Y el electricista inglés dio a todos una lección de laicidad de la buena, la inclusiva, defendiendo con tenacidad su derecho a la libertad religiosa.

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