Hace unos días cayó en mis manos a través del blog “De Lapsis”, de Juanjo Romero, una interesante cita de la escritora Flannery O’Connor, una de las mayores novelistas norteamericanas del siglo XX, que vivió en el profundo Sur y se convirtió al catolicismo, reflejando su obra la belleza y la fascinación de la fe redescubierta.

Flannery O’Connor era una apasionada de Santo Tomás de Aquino: leía unos minutos la Summa Teologica todas las noches y, eso le ayudaba a conocerse más a sí misma, a los demás y a Dios. Sus cartas reflejan una extraordinaria capacidad para observar y comprender la naturaleza humana y la huella de Dios presente en el corazón de cada hombre.

El siguiente fragmento es parte de una carta enviada por O’Connor a su amiga Betty Hester. En esta carta se cuenta una anécdota sucedida al propio santo Tomás, al inicio de su vida religiosa:

Puedo garantizar que santo Tomás amaba a Dios porque, por más que lo intento, no puedo dejar de amar a santo Tomás. Sus hermanos no querían que malgastara su vida siendo dominico, por lo que lo encerraron en una torre y metieron una prostituta en su dormitorio; él la sacó con un atizador al rojo vivo. Hoy en día estaría de moda sentir simpatía hacia la mujer, pero yo tengo simpatía por Santo Tomás. Cartas, p.92

A Betty Hester le parecía que la actitud de santo Tomás de expulsar a la prostituta con un atizador de su habitación, y la comprensión de Flannery por el uso de la fuerza por parte del santo encerraban una “actitud fascista”. Y Flannery responde:

Busque otra palabra que no sea fascista para describirme tanto a mí como a Santo Tomás. Tampoco serviría totalitario. Santo Tomás y san Juan de la Cruz, aun siendo tan diferentes, estaban completamente unidos por la misma fe. Cuanto más leo a santo Tomás más flexible me parece. San Juan de la Cruz hubiera sido capaz de sentarse con la prostituta y decir: «Hija, pensemos en esto», pero sin duda santo Tomás se conocía a sí mismo y sabía que debía librarse de ella con un atizador o ella le vencería. No sólo estoy de parte de santo Tomás, sino también de acuerdo en que usase el atizador. A esto lo llamo ser un realista tolerante, no un fascista. Cartas (p. 95)

Un santo como san Juan de la Cruz, de espíritu ascético y gran dominio de sí, era capaz de sentarse a dialogar con la prostituta, poniendo freno a sus instintos. Sin embargo, santo Tomás se conocía, y sabía que ante ciertos reclamos no es posible el diálogo, es mejor cortar por lo sano. De lo contrario, el hombre cede con mucha facilidad a las tentaciones que tratan de apartarle de su camino y vocación.

Pues eso: santo Tomás no era un fascista, sino un sabio realista con un gran conocimiento de la naturaleza y el espíritu humano.

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