Ha sucedido en Inglaterra, pero podría haber sucedido en cualquier rincón de una Europa asolada cada vez más por el laicismo intolerante y el relativismo cultural. El protagonista de esta historia ha sido Colin Atkinson, feligrés de una iglesia pentecostal y electricista de 63 años que trabaja para para la Wakefield and District Housing (WDH), una agencia de alquiler financiada con fondos públicos en Gran Bretaña.

Los hechos tuvieron lugar en los días de la Semana Santa y ha sido provocado por un pequeño objeto religioso realizado por el propio Colin con hojas de palma. El señor Atkinson ha sido sometido a un expediente disciplinar y corre el riesgo de quedar en el paro por haber tenido la osadía de exhibir en la furgoneta una cruz hecha con hojas de palma de una dimensión no mayor de 20cm.

La WDH tiene una política empresarial totalmente orientada a lo políticamente correcto: desde la adhesión incondicional a los temas ecológicos y las campañas anti-discriminación, hasta “abrazar todo tipo de diversidad, reconociendo los múltiples beneficios que conlleva“, como podemos leer en su página web. Desgraciadamente, este populismo vale sólo para los gays y no para los trabajadores cristianos como Colin Atkinson. De hecho, para los directivos de la WDH el pobre electricista ha tenido la osadía de violar la férrea politica empresarial marcada por la neutralidad en relación con las opiniones y convicciones personales de los dependientes. No importa que Denis Doddy, el jefe de Atkinson, exhiba en su oficina un gran póster del Che Guevara, los dependientes musulmanes muestren versos del Corán sobre el salpicadero del coche de la empresa y las mujeres musulmanas vistan el burka durante el horario de trabajo.

Todo empezó quince meses atrás cuando uno de los capataces le dijo que quitara el crucifijo de la furgoneta. Atkinson quiso saber en base a qué reglamento interno emitía esa orden, pues en 14 años nunca tuvo problemas. Se descubrió que, en efecto, no había ningún reglamento, y que nadie había dicho nada ante los símbolos expuestos por sus compañeros musulmanes o sikhs, ni tan siquiera ante el póster del Ché Guevara exhibido en el despacho de su jefe.

Jayne O’Connell, una directiva encargada de Igualdad en la empresa, se ha justificado diciendo: “La WDH adopta una política de neutralidad absoluta. Hoy día existen distintas creencias y nuevas culturas emergentes. Por eso es preciso respetar todas las opiniones religiosas“.

Lo que la señora O’Connell desconoce es que los musulmanes, sikh e hindúes no se sienten ofendidos por el comportamiento del electricista cristiano, sino que, por el contrario, han expresado su plena solidaridad con él. Ghayasuddin Siddiqui, exponente del Instituto Musulmán, después de asegurar que no ve nada de malo en el hecho de que un cristiano exponga un símbolo de su propia fe, ha invitado a ser más respetuosos con los sentimientos religiosos ajenos. Iranjan Vakhaira, presidente dell’Hindu Charitable Trust de Leeds, ha sido más tajante: “La cruz no ofende a nadie, así que los jefes se han equivocado de un modo evidente”.  Un portavoz del Sikh Education Council ha insistido: “Los sikhs creemos en la libertad de expresión y de opinión, cuando se ejercen con respeto“. Y puesto que el señor Atkinsons ha expresado su fe “con respeto y sin ofender a nadie“, los sikh le han prestado su total apoyo y solidaridad.

Como asegura Diego Contreras en su blog “La Iglesia en la prensa“, a estas alturas parece un dato comprobado que las polémicas en Europa sobre la exposición pública de símbolos religiosos cristianos no las promueven los seguidores de otras religiones sino los militantes de corrientes ideológicas que postulan, como si fuera un credo religioso, la desaparición de esos símbolos de la esfera pública. Así pues, son gentes que pretenden imponer a todos su propia visión, que consiste no en el pluralismo de símbolos, sino en la supresión de símbolos.

Como respuesta, la empresa emitió una nueva regla: todos los símbolos personales deben ser quitados de las camionetas. Con lo que no contaba la empresa fue con la reacción popular: Atkinson fue invitado a muchos programas de televisión y en algunos sondeos realizados en directo el 100 % del público votó a su favor. Se demostró que no era ningún fanático ni anti nada. “Nadie se quejó nunca, ni mis colegas ni mis clientes”. Atkinson fue víctima de un ataque de “corrección política” que sufrió su capataz, y los otros jefes. Al final, como buenos británicos, supieron recobrar el sentido común. Y el electricista inglés dio a todos una lección de laicidad de la buena, la inclusiva, defendiendo con tenacidad su derecho a la libertad religiosa.

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