El Sábado Santo es un día de silencio y espera junto al sepulcro de Cristo.

Según una antigua tradición, en este día Jesucristo desciende a los infiernos para rescatar a los hombres y mujeres que se encontraban allí.

Mientras que en la tradición cristiana occidental no existen demasiadas representaciones de este misterio de la fe, recogido y proclamado por el Credo, para la iglesia Ortodoxa el descenso a los infiernos es uno de los misterios más queridos de la Pascua. El icono que lo representa se llama “Anástasis”, que significa “ponerse de pie”, “levantarse”.

Al hablar del infierno no nos referimos sólo a un lugar oscuro y maldito al que no llega la bendición de Dios, sino también al lugar donde esperaban las almas de los justos que habían muerto antes de la era cristiana, como por ejemplo san José, Juan el Bautista, los profetas, y los patriarcas.

Cuando Jesucristo descendió a los infiernos, la luz del cielo penetró en aquella prisión y la gracia divina llegó a lo más profundo de la tierra. Entonces lo que estaba más alejado de Dios se acercó, y las puertas que separaban estos mundos se destruyeron. Así describe el Apócrifo de Nicodemo la escena: “El Infierno se puso a temblar y las puertas de la muerte, así como las cerraduras, quedaron desmenuzadas, y los cerrojos del Infierno se rompieron y cayeron al suelo quedando todas las cosas al descubierto”.

En el icono que encabeza esta entrada es posible contemplar cómo a los pies de Jesús se encuentran abatidas las puertas del infierno, y esparcidos por el suelo todo tipo de candados, cadenas, clavos y pestillos que las mantenían bien cerradas. Los ropajes de Cristo son de color blanco, el color de la Transfiguración, y sus vestiduras ondean, dando sensación de movimiento y de descenso. Toda la escena, antes tenebrosa, se encuentra ya inundada por la presencia luminosa de Jesús.

En la Edad Media un autor llamado Santiago de la Vorágine escribió: “Entonces hizo su entrada en el infierno Él, que es verdaderamente el Rey de la Gloria. Con la luz que  emanaba de Él, se disiparon las tinieblas que reinaban en aquél lugar. El recién llegado se dirigió a Adán, y estrechando su mano derecha con la suya le dijo: La paz sea contigo y con todos tus hijos que fueron fieles conmigo”. Después, se narra la ascensión desde el infierno hasta el Paraíso.

En el primer icono se observa claramente cómo Jesús toma de la mano a Adán y a Eva, los primeros hombres que simbolizan a cada hombre, y los levanta de su postración. Es Cristo quien toma la iniciativa de acercarse para levantar y rescatar al hombre caído y esclavo.

El gesto y la determinación con que Cristo arranca a Adán y Eva del poder del pecado recuerda la imagen de la creación de Adán, representada por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Se encuentran el primer Adán y el segundo Adán, la primera creación y la nueva creación, que no conocerá ocaso. El hombre rescatado por Cristo recibe una vida nueva, una semilla de inmortalidad.

San Agustín escribió la siguiente súplica en relación al descenso de Jesucristo al infierno: “¡Libéranos de esta cautividad! ¡Perdónanos mientras de todas las culpas de las que seamos reos, y al salir llévanos contigo, pues te pertenecemos!”. En realidad, Cristo baja a los infiernos para recuperar aquello que le pertenece. Según una antigua homilía que describe el descenso de Jesús al infierno (y que forma parte del Oficio de Lecturas para el Sábado Santo), cuando Jesús despierta a Adán, le dice: “No te crié para permanecer prisionero en el infierno… ¡Levántate, dejemos este lugar!”.

¿Cuál es el significado para nosotros de este misterio de nuestra fe?

Los Evangelios presentan en muchas ocasiones a Jesús penetrando y llevando la luz y la curación de Dios a lugares que estaban alejados de ellos, a lugares que antes eran “tabú”, como es el mundo de la enfermedad y de la muerte. Para el judaísmo, no había lugar más prohibido que la muerte misma. Se creía que los seres humanos fueron creados para gozar de la presencia de Dios en esta vida y para no morir, y por eso la muerte era considerada como un mal, como consecuencia del pecado, y conllevaba el alejamiento de Dios, sin posibilidad de comunicación o vuelta atrás.

El misterio del descenso de Jesús a los infiernos significa, por tanto, que no existe lugar demasiado alejado para Dios; no existe lugar adonde no pueda llegar su presencia, su luz y su fuerza. Hasta los infiernos más profundos donde se encuentra el hombre perdido y sufriente (la droga, la depresión, la soledad, el odio y la violencia, el egoísmo…) está dispuesto a bajar Cristo con tal de rescatarnos y devolvernos a la vida. Todas estas situaciones, que sin Cristo serían desesperadas, y dejarían al hombre encerrado, postrado y sin esperanza alguna, en Cristo encuentran una apertura y una salvación.

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