Es ya una cita tradicional en Granada para dar la bienvenida a la primavera: el macrobotellón que en su última convocatoria ha reunido a más de 25.000 jóvenes. Y esto es lo que escribía Antonio Burgos el 30 de marzo en su artículo de opinión en el diario ABC:

LLEGAN convocados por las redes sociales, el trasmallo que tiene apresado en su copo a medio mundo, y que lo mismo convocan a la revolución en Túnez que citan a la mayor borrachera colectiva que vieron los siglos. La cosa va del libro mayor de las imbecilidades: los récords Guinnes. Cada primavera las redes sociales andan pidiendo escaleras para que tal ciudad supere a la otra en borrachos del Macrobotellón. Es como la Olimpiada Matemática, pero con cubatas y calimochos, a ver quién reúne en un descampado a un mayor número de jóvenes aficionados a ponerse como una cuba en el menor tiempo posible y al menor costo.

El año pasado se trataba de ganarle a Granada, que había reunido en su Botellona de Primavera no sé cuántos miles de hígados apuntados a la cirrosis. Este año no sé si habrá ganado Granada, si Málaga o si Sevilla. Y supongo que al norte de Despeñaperros también se habrá entablado esta primaveral Championlí de la juvenil borrachería callejera y colectiva, el tristísimo espectáculo de las chavalas completamente ciegas de alcohol manoseadas por los donjuanes beodos, las ambulancias con sus sirenas llevándose a los héroes del coma etílico. En Sevilla, además, ha habido el habitual fin de fiesta: la absurda muerte de un muchacho, apuñalado. La madre ha contado: «Me pidió diez euros y me dijo que se iba con los amigos. A las 10 de la noche me llamaron del hospital para decirme que estaba muerto». Tan borrachos estaban los testigos interrogados por la Policía que no recuerdan nada.

Y además de borrachos, guarros. Los practicantes del deporte de la botellona no conocen por lo visto el uso de las papeleras. Van tirando al suelo las botellas conforme se las beben, los plásticos de los espumosos con los que mezclan el alcohol, los vasos desechables, las bolsas de las tiendas de conveniencia en las que traen los cubitos de hielo. Es tan alto el nivel cívico de estos chavales, que cada botellona acaba en estercolero. Y son tan ecologistas que todo cuanto arrojan es plástico puro. El éxito de las botellonas suele medirse por lo que cuesta a los ayuntamientos limpiar lo que han ensuciado estas hordas guarrísimas: en Granada se han tenido que gastar 7.000 euros en limpiar tanta cochambre mezclada, obviamente, con las vomiteras de los campeones del cubata; en Sevilla han sido 15.000 los euros que ha costado al ayuntamiento. Operación que me recuerda lo que le pasó a aquel veraneante que, temprano en la playa, observaba cómo las máquinas de limpieza retiraban las basuras de la arena. Se le acercó un turista sueco que hablaba bastante bien el español y le dijo:

—Se ve que España es un país rico que puede limpiar todos los días lo que ensucia la gente. En Suecia, como no somos tan ricos, nadie tira un papel al suelo, porque no podemos gastarnos ese dinero en limpiar las basuras.

Mirando cómo quedan los descampados de las tristes botellonas que reciben a la primavera, el sueco de la playa deduciría que España está que lo tira de esplendor económico.

¿Qué es lo que está pasando aquí? ¿Qué educación está recibiendo esta chavalería que como no se emborrache dice que no se divierte? ¿Por qué tanta cruzada contra el tabaco y tanta permisividad para estas etílicas Ciudades sin Ley de las botellonas? Estamos creando una generación de alcohólicos…con los pulmones sanísimos por las leyes antitabaco.

Sin lugar a dudas, este artículo debería hacernos pensar a todos los que nos preocupan los jóvenes y su educación. También en Becerril.

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