“No somos realmente capaces de aceptarnos a nosotros mismos si no es bajo la mirada de Dios.

Para amarnos necesitamos de una mediación, de la mirada de alguien que, como el Señor por boca de Isaías nos diga: ‘eres precioso a mis ojos, y yo te amo’ (Is 43,4)

Para amarnos y aceptarnos como somos tenemos una necesidad vital de la mediación de la mirada de otro.

Esa mirada puede ser la de un padre, un amigo o director espiritual, pero por encima de todas ellas se encuentra la mirada de nuestro Padre Dios: la mirada más pura, más verdadera, más cariñosa, más llena de amor, más repleta de esperanza que existe en el mundo.

Creo que el mejor regalo que obtiene quien busca el rostro de Dios mediante la peseverancia en la oración es que, un día u otro, percibirá posada sobre él esa mirada y se sentirá tan tiernamente amado que recibirá la gracia de aceptarse plenamente a sí mismo” (J. Phlippe).

Anuncios